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El sitio de San Carlos. Muerte de Zamora
Los defensores de San Carlos, avanzada de seguridad de Caracas, se enteran del desastre del Ejército constitucional, analizan la situación y estiman que no hay más alternativa que apresurar la defensa; han procesado información y saben que Zamora se acerca. En efecto, éste se ha fijado que necesita consolidar el triunfo de Barinas: infatigable, se dirige en marcha de aproximación en dirección general de GuanareAraure-San Carlos para conquistar esta última ciudad, en cuyas inmediaciones acampa en la noche del 9 de enero.
Esa noche Zamora no duerme: hay intensa actividad guerrillera y, además, debe supervisar el cumplimiento de las órdenes que ha impartido: cortar las comunicaciones enemigas y evitar que refuercen San Carlos. El sitio ha comenzado. Las horas discurren muy lentas mientras su mente estructura una idea de maniobra que permita tomar la plaza de San Carlos, seguir a Valencia y después -¡por fin!- hasta Caracas. Sus labios apenas se mueven con este murmullo: "¡Horror a la oligarquía!" Ese es su leit-motiv; está poseído por un sueño implacable que se quedará inconcluso...
En la madrugada se acerca a San Carlos. Atrás se va quedando la seguridad del monte que circunda al enemigo. Desafiante penetra en el peligro. Amanece. Raudo como el viento flanquea la ciudad al galope: las avanzadas federales, orgullosas, le miran pasar como a un Fauno impenitente. El crepúsculo náutico matutino le sorprende enarbolando su bandera de siempre, la invencible bandera amarilla de los liberales. Sus planes contemplan una infiltración hasta la plazoleta de San Juan.
Sigiloso como la sombra sube a la torre de la iglesia para estudiar el terreno y el dispositivo enemigo; los ojos vivaces le brillan como ascuas debajo de las espesas cejas mientras escruta encrucijadas y puntos claves del poblado. Acto seguido se apresura a reconocer su propia posición, mejorar el dispositivo y reorganizar sus tropas. Un inconveniente -¿real o fingido?- entre dos oficiales federales le lleva a introducirse en el solar de una casa. Intrigado, avanza con decisión para interceder en el problema. Acaso piensa, recordando a Bolívar, que es preferible un combate contra los centralistas, a estos disgustos entre los federales. Recorta el paso mientras alguien se acerca... Un halo misterioso se desprende del ambiente; no lo percibe. En el aire vibra la traición; no la siente. Está obnubilado. Piensa que nada podría sucederle después de haber salido ileso de esas increíbles batallas anteriores, de ese elipse infernal cuyos focos de Santa Inés y Curbatí llenaron de estupor a Venezuela y le inmortalizaron. Craso error del gran caudillo federal al confiar ciegamente en los suyos... Guzmán Blanco ha dejado a Falcón y le acompaña. No muy lejos las regiones circundantes se estremecen con detonaciones aisladas.
Extrañamente un disparo retumba muy cercano y Zamora se detiene de repente;... con el asombro estampado en su rostro extiende los brazos y da unos breves pasos mientras la sangre rebelde va abotonando su ojo derecho... sus piernas arqueadas se doblan en un ángulo imposible... y luego, de súbito, se desploma de bruces hundiendo su revolucionaria imagen entre la tierra, su bien amada: una bala ha traspasado la cabeza del "Valiente Ciudadano" dejándole sin vida. ¡Balazo traicionero! El general Falcón queda petrificado cuando Guzmán le da el parte militar... y el apóstrofe de un ¡Qué! doloroso, larguísimo, censurante le brota desde adentro como interrogante que persiste hasta hoy.
Ciertos hombres del Estado Mayor Federal pretenden silenciar el hecho ocultando el cadáver pero ya no es posible: una tristísima noticia se repite y se repite sin cesar: ¡Zamora ha sido asesinado! ¡Zamora ha sido asesinado! De inmediato se produce un vacío de mando y de poder... la indisciplina se extiende como la sombra... queda interrumpido el campo psico-físico dentro del esquema militar por el derrumbamiento del Jefe. La piramidal estructura se ha quebrado. Los soldados no pueden entender ni aceptar la muerte de Zamora: ¡Imposible! ¡Imposible...!
La vida de Zamora ha concluido como un triste poema de dolor, una elegía; la razón de su muerte, esa muerte increíble, la recibe su tropa como absurda herejía.
El ambiente comenzó a violentarse, a cargarse de dudas. En las trincheras, en los fosos de tiradores, en plena operación militar, la enardecida tropa se consume en reflexiones:
¿Hubo algún señuelo para el crimen de San Carlos?
¿Qué factores coadyuvaron para que el disparo no fallara: para que fuese tan bien dirigido hacia el quepis (*) que cubría la cabeza de un hombre tan astuto y prevenido como el líder federal?
¿Por qué enterraron en secreto su cadáver?
Y si la bala partió de filas enemigas, como pretenden hacer creer, ¿por qué no salieron "héroes" centralistas a disputarse su muerte? ¿Es que no se dieron cuenta del prestigio que ganaba el hombre que matara al general Zamora?
¿A quién estorbaba Zamora? ¿Quién salía beneficiado con el atentado?
La duda de los soldados federales era tremendamente razonable: veintiún días después del asesinato revelaba Juan Vicente González en "El Heraldo": "¡Bala afortunada! ¡Bendita sea mil veces la mano que la dirigió...!" Prudentemente no apareció el hombre dueño de esa mano. Con él desaparecería un nuevo judas que no podía cobrar el precio de su traición. Con él se perdería la huella de los autores intelectuales del crimen.
A posteriori se aclararía el panorama del trágico suceso: un oficial federal de apellido Morón sirvió de cándido instrumento para la infeliz coartada. El asesinato tuvo un designio preconcebido, una finalidad concreta y una trayectoria clandestinamente organizada: el camino hacia el poder estaba ahora despejado. Este hecho anuncia históricamente la falsificación de la revolución.
La trágica desaparición del más egregio militar federal llena de dolor, desconcierto y pánico a la tropa cuyo espíritu se pierde. La consecuencia inmediata no es la finalización de la revolución, pero la victoria se ensombrece y se torna más y más lejana porque se prolongarán inútilmente los combates... El Mando Federal está desesperado: Ya no habrá quien pueda comunicar con pasión aquella mística profesional que transformaba las bandas anarquizadas en unidades efectivas, en batallones homogéneos con sentido de organización. Ahora será difícil el cumplimiento de la misión. Ya no habrá quien pueda ejecutar ni dar continuidad al esquema de maniobra estratégica que se había planificado (*). Y no se equivocan. La secreta jugada del jaque mate quedará enterrada con Zamora en el suelo de San Carlos, el 10 de enero de 1860. El Centralismo tambaleante -fracturado en Santa Inés - se derrumbará muy tarde, por su propio peso.
El asesinato del héroe popular cambia por completo el sentido de la historia del país; empero, a pesar de ello, la superestructura de la godarria explotadora se hundirá en la guerra civil con la fusión de los átomos sociales que, debajo, cristalizados en castas, la sostenían. Apreciamos que con Zamora, con Zamora que amó como nadie al bravo pueblo; que luchó hasta la muerte para mejorar su condición; que se entregó a él sin hipocresías partidistas; con Zamora no se habría enquistado Guzmán, autócrata usurpador de la síntesis de la revolución. Con él en el gobierno se habrían hecho singulares reformas que los godos, carentes de moral, no pudieron promover. Si el hijo infinito de Paula Correa hubiese sobrevivido a la oscura celada de San Carlos, probablemente nuestro igualitarismo no tendría como hoy esa enfermedad transculturizada de la dineromanía, ni el atávico complejo de querer ser importante; si la mano de Dios no se hubiese endurecido sobre su horizonte revolucionario, nuestro pueblo tendría acendrado en su inconsciente colectivo la idea de la Justicia Social, la honesta idea de la cesión voluntaria de la riqueza superflua. Con el vencedor de Santa Inés no sólo tendríamos, como hoy tenemos, el más claro igualitarismo de América, sino que habríamos ascendido a síntesis dialécticas superiores; hegeliana y paradójicamente. Pero era pedir demasiado; el Dios de los Ejércitos había sido muy generoso con Venezuela...
Cada día aparece uno que despierta a los dormidos... Con la vida de Zamora, con su muerte, con el profundo y sublime misterio de su muerte puso a vivir a su patria sobre libros auténticos, turgentes de historia. A caballo de esa historia, a campo traviesa de montañas y llanuras infinitas ha seguido cabalgando en pos de su norte y su destino porque sus ideales están siendo tomados muy en cuenta; la semilla sembrada en la conciencia de los hombres no ha desaparecido definitivamente:
"¿Era rojo Zamora? Yo lo miro Valiente
El orgullo del pueblo en la raza llanera,
fue doctrina y escuela, sigue siendo bandera,
el amor de los suyos, el horror de otra gente
El maestro me dijo que Catire; lo he leído...
revolución y Dios de lo venezolano
Sin reservas algunas le habría dado esta mano
y en las filas de entonces ¡Sargento hubiera sido!"
* * *
Entretanto. ¿Qué había sucedido en el campo de la política después del derrocamiento de Julián Castro?, ¿qué hay detrás del interregno?
Un desastre similar al del campo militar, como preludio, confrontaba el gobierno central: Pedro Gual, quien se había ocultado durante el golpe de Estado, es buscado afanosamente para que se encargue del poder ya que el Vicepresidente Tovar también se había escondido (en Puerto Cabello), temeroso de ser prisionero de sus enemigos. Gual es localizado e impuesto de la situación y del deber de asumir la presidencia provisional: entonces, de acuerdo a sus planes, decide adoptar una conducta ecléctica entre lo que recomienda su propia ideología y la desazón que produce el pronunciamiento del pánico desatado por la furiosa acometida de los federales: cauteloso, trata de ganar la voluntad de éstos e incluye en su tambaleante gobierno a ciertos personeros del partido amarillo, pero los revolucionarios se dan cuenta del engaño y responden agresivamente. A lo largo y ancho del territorio las facciones subversivas incendian las mentes de los hombres; Pedro Vicente Aguado se alza en Maiquetía proclamando una como especie de guerra a muerte contra los godos: "Sea cual fuere la conducta que ellos han observado, siempre que de ello se derive hostilidad directa o indirecta a los principios federales que sostenemos, los hace acreedores del último suplicio". Desasistidos de la razón y carentes de coraje para ejercer el mando, los gobernantes han abierto aún más la ya desvencijada puerta de la violencia, transformando a Venezuela en volcán de pasiones incontroladas.
En este ambiente endurecido ¿qué puede hacer Tovar? Ha recibido mensaje de Gual: ahora es presidente. Tiene una sola opción: resarcir su conducta y drenar su vergüenza: cuando sale de su escondite y regresa a la capital, asume el poder urgentemente camuflando su vergüenza con represalias; envanecido, adopta enérgicas pero inútiles medidas cuando ordena levantar un fuerte ejército -¡como si la fortaleza de éste pudiese lograrse de la noche a la mañana!- para proteger al gobierno y dar al traste con las aspiraciones federales; luego llena las cárceles de prisioneros y, no conforme aún, ratifica el juicio que por traición habíase iniciado al ex-presidente Castro. Pero sus precauciones resultarán inútiles, pues no pasará mucho tiempo sin que Páez le cobre el no haberle preferido para dirigir la revolución de marzo. El país nacional retrocede ante este ambiente sombrío: desorden, traición, confusión, venganza, odio y componendas. Los Jefes de Estado no pueden hacer nada que permita modificar esta angustiosa situación; a excepción del Gran Majadero, que rigió los destinos de la patria sin mandarla, todos siguen siendo inferiores a sus circunstancias y a sus pueblos.
El 28 de julio de 1860 Julián Castro es declarado "culpable del delito de traición" a instancias del Congreso, organismo que también intercederá para que no se le aplique pena alguna. ¿Componenda política? Indudable. En la lucha por el poder, liberales y conservadores habíanse detectado sus recíprocas traiciones. Casi todos los parlamentarios, a pesar de sus mecanismos de defensa reconocían que sus propias actitudes pasadas habían coincidido en apoyar y complementar las del ahora prisionero, pero el país político estaba sediento de sangre y por tanto debía buscarse una víctima expiatoria. Por eso los golpes maquiavélicos que liberales y conservadores no pudieron darse por temor de no tener la suficiente fortaleza para acabar con el contrario, se los propinaron a Castro. En esta hora de cobardías, de venganzas y de ambiciones de poder, pocos hombres asumen la responsabilidad de sus actos y sólo dos de ellos se dejan oír: Carlos Soublette y Fermín Toro, cuyas palabras encendidas de justicia y de razón serán apagadas por aquella vorágine de sentimientos subalternos.
En los mandos federales también se deterioran las cosas, porque después de la dramática muerte de Zamora sobreviene el desbarajuste del ejército, y la Federación comienza a perder aquel espíritu maravilloso con que sus hombres afrontaron empresas por encima de sus fuerzas naturales.
Falcón ha asumido el mando de las tropas y continúa sitiando a San Carlos, ciudad defendida por débiles fuerzas centralistas que capitulan el 16 de enero de 1860. Sin embargo, este triunfo es sólo un espejismo militar y Falcón lo sabe; se da cuenta claramente del vía crucis que le espera: no está empapado de los planes de campaña ni entiende el manejo de los resortes de la organización, pues el desaparecido estratega había sido muy absorbente en el mando. No sabe qué hacer; el momento psicológico es negativo y muchos dudan de él: sin presentar combate se encuentra estratégicamente derrotado; no obstante, confía que en el campo de batalla podrá demostrar su visión táctica y derrochar el coraje necesario para cambiar cualquier derrota estratégica en hábil y ordenada retirada. El análisis del Poder Relativo de Combate le arroja resultados desesperanzadores, sobre todo en el poder moral, porque ha sentido en carne propia que el misticismo de la tropa, fruto del magnetismo y victorias de Zamora, se ha esfumado con su muerte. Su situación es muy difícil. Hay muchas deserciones. No tiene municiones. No tiene pólvora; lo único que está cargado -de tensiones y dudas- es el ambiente. Los soldados piden decisión. Entonces se arriesga y marcha a Valencia para intimar a Febres Cordero a una rendición prácticamente imposible porque éste, que ha procesado información y no ignora cómo han quedado las municiones de los federales después del desgaste de Santa Inés, y el espíritu combativo de las tropas después del vacío dejado por Zamora, no le contesta y prepara la ofensiva para una batalla que ya estaba ganada. Falcón se sabe perdido; a toda prisa se dirige hacia los llanos apureños con la intención de obtener municiones y pertrechos de parte de los neogranadinos que también ensayaban su guerra federal, pero parece ser tarde para el "mendigo de pólvora..."
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